
Introducción
Durante una conversación con una psicóloga escolar, tuve la oportunidad de conocer más a fondo cómo se viven los conflictos dentro de los centros educativos y la manera en que estos deben ser abordados. Ella compartía, desde su experiencia de varios años en el sistema educativo dominicano, que los conflictos no son simplemente problemas aislados entre estudiantes, sino reflejos de realidades sociales, familiares y emocionales más profundas.
En medio de esa conversación, yo presenté el caso del Liceo Politécnico Juan Pablo Duarte, un centro ubicado en un sector urbano-marginal de Santo Domingo. Cuando análisis el caso la psicóloga explicaba que este liceo representa muy bien la realidad de muchos centros educativos del país, donde factores como la desigualdad social, la violencia comunitaria y las dificultades económicas influyen directamente en la conducta de los estudiantes.
Según relataba, en este liceo no solo se imparten clases, sino que diariamente se enfrentan situaciones complejas que ponen a prueba tanto a docentes como al equipo de orientación. Fue entonces cuando me presentó dos casos específicos, uno en primaria y otro en secundaria, que evidencian cómo los conflictos pueden manifestarse de diferentes maneras según la etapa de desarrollo de los estudiantes.
Conflicto en el segundo ciclo de primaria
La psicóloga comenzó describiendo una situación que ocurre en un aula de 5.º grado. Me explicó que la maestra, llamada Juana, se encuentra emocionalmente agotada porque no logra manejar el comportamiento de un grupo de estudiantes que constantemente generan desorden y conflictos.
En particular, hay un niño llamado Leo que, aunque es carismático, ejerce una fuerte influencia sobre sus compañeros. Bajo su liderazgo, varios estudiantes han comenzado a burlarse de otros, especialmente de Manuel, un niño tímido que llegó recientemente desde una zona rural. Su forma de hablar y su personalidad lo han convertido en blanco de burlas constantes. También está Sofía, una niña destacada académicamente, a quien rechazan por considerarla “demasiado aplicada”.
Lo más preocupante, según la psicóloga, es que el conflicto ya ha pasado de simples burlas a situaciones de agresión directa. Manuel ha sido humillado públicamente, incluso le han quitado su merienda, mientras que Sofía ha sido empujada por intentar defenderlo. Además, el problema se ha extendido al mundo digital, donde circulan mensajes ofensivos en un grupo de WhatsApp.
La psicóloga señalaba que uno de los mayores retos en este caso es que las familias de los estudiantes agresores no reconocen la gravedad de la situación, mientras que la madre de Manuel ya muestra preocupación porque su hijo no quiere asistir a la escuela. Todo esto refleja un caso claro de acoso escolar que requiere intervención urgente.
Conflicto de secundaria
Al continuar la conversación, la psicóloga me explicó que en secundaria los conflictos no siempre son tan visibles, pero pueden ser igual o más dañinos.
En este caso, el problema se desarrolla en un curso de 4.º de secundaria, donde existe una división marcada entre dos grupos de estudiantes. Por un lado, están “Las Populares”, un grupo de chicas que proyectan una imagen de estatus social elevado y que tienen mucha presencia en redes sociales. Por otro lado, hay un grupo de estudiantes con intereses más académicos y artísticos, que son constantemente excluidas.
A diferencia del caso de primaria, aquí no hay tanta agresión física, pero sí una fuerte carga de violencia psicológica. La exclusión, las burlas, la difusión de contenido privado y la presión social forman parte del día a día. La psicóloga enfatizaba que este tipo de conflicto afecta profundamente la autoestima de las estudiantes, generando inseguridad, ansiedad y un ambiente de desconfianza.
Los docentes, aunque perciben el problema, no saben cómo intervenir porque lo consideran algo personal entre estudiantes. Sin embargo, el impacto ya se refleja en el rendimiento académico y en el clima escolar, lo que preocupa al equipo de gestión del centro.
Necesidades de intervención en la comunicación educativa
Durante la conversación, la psicóloga insistía en que uno de los principales problemas en ambos casos es la falta de una comunicación efectiva dentro de la comunidad educativa.
Explicaba que muchos docentes no cuentan con herramientas para manejar conflictos más allá de los castigos, lo que limita su capacidad de intervención. De igual forma, los estudiantes tienen dificultades para expresar sus emociones de manera adecuada, lo que provoca que recurran a la agresión o al silencio.
Por otro lado, las familias muchas veces adoptan una postura defensiva o de negación, lo que dificulta el trabajo conjunto con la escuela. Según la psicóloga, es fundamental fortalecer la comunicación entre todos los actores para poder abordar los conflictos de manera integral.
Comunicación educativa
La psicóloga me hacía énfasis en que la comunicación dentro de la escuela debe ser más que transmitir información; debe ser una herramienta para construir relaciones sanas.
Me explicaba que cuando los estudiantes aprenden a comunicarse de forma respetuosa, a escuchar y a ponerse en el lugar del otro, es más fácil prevenir conflictos. Sin embargo, en el caso del Liceo Duarte, se evidencia una comunicación cargada de críticas, burlas y falta de empatía, lo que intensifica las problemáticas existentes.
Prevención e intervención
Según la psicóloga, intervenir cuando el conflicto ya está avanzado es necesario, pero no suficiente. También es fundamental trabajar en la prevención.
Ella planteaba que en el caso de primaria sería importante trabajar directamente con el grupo para reconstruir las relaciones, promoviendo el respeto y la empatía. Mientras que en secundaria, se requiere abordar temas como el uso responsable de las redes sociales, la autoestima y la presión social.
Además, resaltaba la importancia de involucrar a las familias y de crear espacios donde los estudiantes puedan expresar lo que sienten sin miedo.
Rol del psicólogo escolar
En todo momento, la psicóloga dejó claro que su rol va mucho más allá de atender casos individuales. Ella se veía a sí misma como una guía dentro del centro educativo, alguien que acompaña, orienta y propone soluciones.
Me explicaba que el psicólogo debe observar, analizar, intervenir y, sobre todo, prevenir. También debe trabajar de la mano con docentes, familias y directivos para lograr cambios reales en la convivencia escolar.
Rol del grupo de gestión
Otro punto importante que surgió en la conversación fue el papel del equipo directivo. La psicóloga señalaba que sin el apoyo de la gestión, cualquier intervención pierde fuerza.
El equipo de gestión debe facilitar recursos, establecer normas claras y promover una cultura de respeto dentro del centro educativo. En el caso del Liceo Duarte, su participación es clave para mejorar el ambiente escolar.
El personal de apoyo
Finalmente, la psicóloga mencionaba que no trabaja sola. Existe un equipo de apoyo que incluye orientadores y otros profesionales que colaboran en el seguimiento de los casos.
Este equipo permite dar una atención más completa a los estudiantes, asegurando que no solo se aborden los conflictos, sino también las causas que los originan.
Conclusión
Al terminar la conversación, comprendí que los conflictos escolares no deben verse como simples problemas de disciplina, sino como oportunidades para educar en valores, fortalecer la convivencia y apoyar el desarrollo emocional de los estudiantes.
El caso del Liceo Duarte muestra claramente cómo factores sociales, familiares y personales influyen en la conducta de los estudiantes. También deja en evidencia la importancia del trabajo en equipo dentro de la comunidad educativa.
Más que castigar, se trata de comprender, orientar y construir espacios donde todos los estudiantes se sientan seguros, respetados y valorados.










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